Para llegar no hay que recorrer la autopista Tucumán-Famaillá, sino atravesarla. Queda en San Miguel de Tucumán, pero no por una cuestión de urbanización sino por una circunstancia geográfica: se ubica del río Salí hacia la capital. "No somos La Costanera", advierten los vecinos. Explican que, en rigor, son la última calle del barrio 2 de Abril. Esa es la única sutileza que se encuentra por aquí. Por lo demás, no es una barriada sino un barrial. Con caballos pastando en las veredas. Carros yendo y viniendo. Charcos con veleidades de laguna. Basuras democráticamente diseminadas. Al borde de la villa y sus casillas que avergüenzan a las casillas. Con vista a un sinfín de pasillos laberínticos que desembocan al patio común de la marginalidad.
Yamandú Rodríguez es el nombre de una de dos calles capitalinas que presentan una particularidad, si se quiere, estadística: son noticia, prácticamente, sólo por cuestiones excluyentemente delictivas. Los que viven allí, mediante sus testimonios, llenarán de un contenido pavoroso un concepto básicamente indigno. Ahí no se vive: sólo se sobrevive. Y cuando se puede. Porque la única modernidad que se conoce es la de las drogas.
Papelitos de colores
A Héctor Gómez se le tuerce el gesto. Tiene 76 años y estrena una reja gruesa en la ventana del piso de arriba de su casa, en la que vive desde hace dos décadas, y por donde no hace mucho le entraron a robar. "Hacen falta policías. Venden drogas a lo largo de toda la cuadra. Te asaltan de día, te roban de noche. ¿Ve esos papelitos de colores? Es droga. Aquí venden paco como si fueran caramelos. A estas horas sólo están los transas dando vuelta. Cuando empiece a oscurecer van a aparecer los que consumen. Esos duermen de día y salen de noche".
Las moscas se presentan a la entrevista, empujadas por un viento nauseabundo que llega del río. Y Juan Bazán, de 70 años, se queja en la misma sintonía fina. "Los policías vienen sólo por una emergencia grave, por ejemplo, cuando hay un muerto. De lo contrario, ni aparecen. Esto no es vida. No es que estamos encerrados desde que se pone el sol: vivimos así durante las 24 horas. Se meten por cualquier parte para robar en las casas. Tiene una habilidad pasmosa".
Cantar las 40
A primera vista, pareciera que cada vecino de Yamandú Rodríguez tiene un robo para contar. Pero es un prejuicio: ninguno tiene sólo uno. "Perdí la cuenta. Pero me robaron por lo menos 40 veces. La casa está cerrada y enrejada, así que una vez saltaron la verja y como no pudieron entrar rompieron la ventana de la cocina y me robaron las cortinas", relata Miguel López, de 67 años, ya sin ningún atisbo de sorpresa. Con idéntico tono relatará sobre aquella vez que a él y a su hijo los encañonaron en la puerta de su vivienda "los que se juntan en la esquina" para "drogarse cualquier cantidad".
Tras las rejas
Un perro de raza sospechosa e indocumentado linaje está parado sobre una chancleta amarilla que ya forma parte de la calle. Trata de permanecer indiferente ante las gallinas que se toman la tarde para cruzar la calle sólo transitada por motos en las que siempre viajan el conductor y un acompañante con mochila grande. Pero al final, el can se harta de que cacareen un reclamo indescifrable. Así que las mira, abre la boca, y en un lugar de ladrarles, les tose.
"¡Ay, señor: no se puede vivir!", exclama Doña Negrita, la verja con candado, 67 años, la congoja en las cejas, Ema de Díaz por nombre.
El viernes de Semana Santa, mientras dormían ella, su esposo y su mamá -de 99 años-, entraron a la casa y les robaron algunas cosas. "Por suerte no escuchamos nada. ¿Y si sentíamos algo? ¿Y si nos levantábamos y encontrábamos a alguien? ¿Qué nos podía haber pasado?", dice desde los ojos brillosos. "Aquí nadie quiere venir. No entran los taxis, que a la gente la dejan del otro lado de la autopista. Ni siquiera quieren entrar los de EDET", cuenta, moviendo la cabeza.
Su hijo, Daniel Díaz, relata que el domingo de Pascuas tuvieron un problema en el medidor. Se comunicaron con EDET a las 9 de la mañana: a las 19 tuvo que ir personalmente a buscar una cuadrilla. "Me dijeron que no venían porque no conseguían policías que los acompañaran. Así que a esa hora se llegaron conmigo tres camionetas con empleados. Uno se ocupó del problema, los demás estaban custodiándose entre ellos".
Esa es la postal diurna. El pasaje nocturno es otro. "Si te sentás a la noche y mirás por la ventana, vas a ver pasar gente hasta con lavarropas. A nosotros nos robaron mesas, sillas y bicicletas. Este es el barrio de ellos: sin policías, para que anden libres, drogándose y robando, mientras los vecinos tenemos que vivir tras las rejas".
Látigos y puños
A Daniel también le robaron. "Me llevaron el DVD y dos pares de zapatillas. Como están muy drogados, no distinguen nada, entonces se fueron con el teléfono inalámbrico, pensando que era un celular. Hasta ahí, me la banqué. Pero después me di cuenta que me habían llevado el acolchado de San Martín y el short, y me volví loco: yo soy veneno del Santo, ¿sabe? Y cuando ví que me habían robado la camiseta de San Martín de Kappa, que compré antes de que descendiera, que ya no se consigue más, dije basta. Me crucé al baldío del frente, donde se juntan a drogarse. Como vieron que estaba como sacado, me dijeron que sólo sabían que había uno que andaba ofreciendo un teléfono fijo. Lo encontré, comprobé que el teléfono tenía mi agenda y lo recuperé... a trompadas. Pero no escarmientan. A ese pibe, cuando le robó el chancho a una vecina, lo agarraron a latigazos en el lomo. También robó un caballo y el cartonero que era el dueño lo agarró a este chorro, lo ató de los pies al carro y le hizo dar varias vueltas al barrio. Aún así, me encontró en la calle después de que lo dejé monstruo de la paliza que le di, y me ofreció un estéreo pioner, con frente deslizable, por $ 200".
"En serio: aquí no se puede vivir", ratifica el hijo de Doña Negrita. Y se explica. "En Año Nuevo, en la esquina, mataron a un tipo con una botella rota, que le clavaron en la panza y se la hicieron girar. ¿Sabe por qué? Porque al que estaba tomando cerveza no le gustó que el otro estuviera tomando whisky"
Para que nadie crea que es el Lejano Oeste, las paredes dicen, en celeste y blanco, "Rosa Augier concejal 2011" y "Guille - José".
Diez años es mucho
En este aquí y ahora, a Luciano Arrascaeta le roban hasta los focos de la galería de su casa. "Y nos asaltan. La última vez fue el domingo 1 de abril. Venía en moto y me resistí a entregar la billetera y el teléfono celular. Y me dieron tres puntazos en la espalda. A los dos que me atacaron los conozco, pero la basura que se meten los changos les revienta la cabeza. Después, ellos mismos andan queriendo venderte lo que te robaron".
A sus 33 años de vida, Arrascaeta los pasó en la casa sobre Yamandú Rodríguez. Pero no todo fue como ahora. "Cuando tenía 15 años, esto era una fiesta. De verdad: estabas en la vereda, escuchabas que había música a cuatro cuadras y te ibas a bailar a la calle con esos vecinos que tal vez ni conocías. Hoy, escuchás música y te encerrás. ¿Cuándo se pudrió todo? Hace unos 10 años. Fue entonces, más o menos, cuando cerramos el frente de la casa. A nosotros hasta nos robaron el portón de entrada".